Te piensan pero no te compran: cuando el problema no es la marca

Te piensan pero no te compran: cuando el problema no es la marca

Hay empresas conocidas y bien valoradas que pierden la venta igual. Casi nunca es un problema de marca: es de ejecución en la ficha, la web y la experiencia de compra.

Hay una llamada que se repite en las agencias y siempre empieza parecido: “nos conocen, nos valoran, llevamos treinta años en el sector… y estamos perdiendo pedidos contra gente que acaba de llegar”.

Suele venir acompañada de una sospecha: que hace falta rehacer la marca. Y a veces es verdad. Pero en la mayoría de los casos que hemos visto, la marca está bien. Lo que falla está mucho más abajo, en sitios de los que nadie habla en el comité: una ficha de producto incompleta, un formulario de nueve campos, un presupuesto que tarda cuatro días, una web que no dice el precio.

Es una noticia mejor de lo que parece. Significa que tienes un activo construido durante décadas que se está desaprovechando en los últimos cinco metros.

El dato que reordena las prioridades

CEB Sales Leadership Council midió qué explica la lealtad de un cliente B2B. El resultado incomoda a cualquiera que lleve tres años invirtiendo en producto:

El 53% de la lealtad depende de la experiencia de compra. Por encima de la marca del proveedor. Por encima de la calidad del producto y del servicio. Por encima de la relación precio-valor.

Más de la mitad. Y lo que encontraron al desmenuzar esa experiencia es aún más simple: los proveedores que ganan más lealtad son los que resultan fáciles de comprar. No los mejores. Los más fáciles.

Ahí está la explicación de la llamada del principio. Tu competidor recién llegado no tiene mejor producto ni mejor reputación. Tiene menos fricción.

Tu cliente ya no te compara contigo mismo

Hay un cambio de expectativa que casi ninguna empresa industrial ha asumido del todo. Salesforce lo midió: el 72% de los compradores profesionales espera que le personalicen el trato, el 69% espera una experiencia de compra parecida a la de Amazon, y el 67% ya ha cambiado de proveedor buscando algo más cercano a lo que vive como consumidor.

Ese último número es el que debería preocupar. No dice que les gustaría. Dice que ya se han ido.

Y tiene una explicación demográfica: casi tres de cada cuatro personas que deciden compras de servicios en las empresas son millennials, gente que compró su primera cosa por internet a los quince años. Su vara de medir no es tu competidor. Es la última compra que hicieron un domingo por la noche desde el sofá.

Un caso con número

Ellsworth Adhesives distribuye adhesivos y productos químicos industriales. Nada más B2B que eso: catálogos técnicos, fichas de seguridad, compradores especializados.

Cuando rehicieron su web, hicieron algo que casi nadie hace en su sector: copiar descaradamente lo que funciona en comercio de consumo. Muchas más imágenes de producto. Landings propias para las marcas más buscadas. Y una calculadora de costes de envío reales, que en industrial suele ser un “consulte con su comercial”.

El resultado fue un 587% más de tráfico y millones de euros en ingresos adicionales. De propina, descubrieron segmentos de cliente que no sabían que tenían: universidades y laboratorios de investigación.

La frase de su responsable resume el diagnóstico mejor que cualquier auditoría: «si no piensas en B2C y solo piensas que eres un sitio B2B, no vas a llegar a ser todo lo que podrías. Muchos sitios B2B que miramos esperaban demasiado de sus usuarios».

Esperar demasiado del usuario. Ahí está el problema entero.

Dónde se pierde la venta, en concreto

Por orden de frecuencia, esto es lo que nos encontramos cuando una empresa conocida no convierte:

La ficha no responde a la pregunta que trae el comprador. Lleva especificaciones —eso siempre— pero no dice para qué sirve, en qué se diferencia de la de al lado ni qué pasa si se equivoca eligiendo. El comprador se va a buscar esa respuesta a otro sitio, y a veces ese sitio es un competidor que sí la da.

No hay precio ni orientación de precio. Se defiende con que “depende del proyecto”, y es cierto. Pero quien no puede hacerse una idea del orden de magnitud descarta antes de preguntar, y tú nunca te enteras de esa pérdida porque no deja rastro.

El formulario pide cosas que no necesitas todavía. Número de empleados, CRM que usan, presupuesto estimado. Datos que le sirven a tu equipo comercial, no al comprador. Cada campo añadido antes de dar algo de valor es una puerta más.

La respuesta llega tarde. Alguien pide información un jueves y el presupuesto sale el martes. Para entonces ha pedido tres más.

Y no hay ninguna prueba de que cumplís. Ni casos con cifras, ni reseñas, ni referencias localizables. Solo la palabra de la empresa, que es exactamente lo que menos vale.

La prueba social, y un dato que sorprende

Sobre eso último merece la pena detenerse, porque es lo más barato de arreglar y lo que más se descuida.

Las reseñas de terceros son doce veces más creíbles que lo que dice la propia empresa. El 95% de los compradores las usa y el 86% las considera esenciales para decidir.

Y aquí va lo contraintuitivo: las reseñas de cinco estrellas no son las más fiables. Las de cuatro tienen mejor credibilidad, porque mucha gente asume que las perfectas están amañadas. Se llama blemish frame, y viene a decir que el defecto pequeño hace creíble el conjunto. Una valoración impecable levanta sospecha; una buena con un pero, no.

Dos cifras más para calibrar el esfuerzo:

  • Existe una regla práctica: alrededor de veinte reseñas con una media de cuatro estrellas o más bastan para alcanzar credibilidad. A partir de ahí, cada nueva queda bonita pero apenas mueve la aguja.
  • Solo entre el 0,5% y el 1% de los compradores deja reseña por iniciativa propia. Una por cada cien o doscientas ventas. Si quieres veinte, echa la cuenta y pídelas.

Y una cosa que casi nadie hace: leerlas para cambiar el producto. Un vendedor descubrió analizando las suyas que la mayoría de sus clientes usaba las esterillas de yoga como cama de invitados. Reescribió la ficha en consecuencia y vendió más. La información estaba ahí, gratis, escrita por sus propios clientes.

Cómo saber si este es tu caso

Hay una forma rápida de distinguir un problema de marca de un problema de ejecución, y no hace falta contratar nada.

Coge a cinco personas que hayan pedido presupuesto en los últimos seis meses y no hayan comprado. Llámalas. No para venderles: para preguntarles qué hicieron después.

Si te dicen que no os conocían lo suficiente, que no acababan de entender qué hacéis o que no os veían como la opción seria, el trabajo es de marca.

Si te dicen que tardasteis, que no encontraban el dato que buscaban, que la web no les aclaró nada o que el otro se lo puso más fácil, el trabajo no es de marca. Y es una suerte, porque se arregla antes y cuesta bastante menos.

Lo que casi nunca ocurre es que te digan que eligieron al otro porque tenía mejor producto.

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